29 Oct Los docentes todos los días eligen apostar por nuestros jóvenes
Por Andrea Ruth Dentone
Como colegas, compañeros docentes, escribimos estas líneas desde el cansancio, pero también desde la dignidad que aún nos sostiene en las aulas. Escribimos con la voz quebrada de quienes eligen todos los días apostar por el futuro de nuestros jóvenes, aun cuando las condiciones nos empujan al desaliento.
Nos duele ejercer nuestra profesión. Nos duele porque el esfuerzo diario, el sacrificio silencioso y el compromiso real con la educación ya no son reconocidos. Atrás quedaron los tiempos en que la formación continua, el mérito y la actualización constante eran valorados; hoy son ignorados o, peor aún, convertidos en una carga burocrática vacía de sentido.
Nos duele la falta de respeto y el vaciamiento de autoridad pedagógica. Soportamos situaciones donde el rol docente es vulnerado, a veces sin el acompañamiento necesario frente a reclamos desmedidos, sumando la falta de empatía o el destrato de algunos sectores que olvidan que educar es una tarea compartida entre la escuela y el hogar.
Nos duele el abuso de autoridad y la persecución. Es inaceptable y profundamente desalentador que, en tiempos democráticos, pensar diferente, disentir o manifestar una postura política propia sea motivo de hostigamiento, temor y presiones laborales. La escuela debe ser el templo indiscutido del pensamiento crítico y la libertad, jamás un espacio de disciplinamiento ideológico.
Nos duelen las interminables exigencias burocráticas. Se nos abruma con planificaciones interminables, requerimientos inconexos y tareas administrativas desmedidas que nos restan el tiempo y la energía vital que deberíamos destinar a lo más importante: nuestros estudiantes y el vínculo pedagógico.
Pero, por sobre todas las cosas, nos duele y nos indigna la precarización salarial y jubilatoria. Vivimos con sueldos achatados, con sumas en negro que no impactan en la antigüedad ni en los aportes, pulverizando nuestro poder adquisitivo frente a una realidad económica cruel. Y, como si fuera poco el desgaste de toda una vida dedicada a la enseñanza, nos espera un horizonte de jubilaciones miserables, una recompensa injusta tras décadas de entrega en las aulas.
No pedimos privilegios; exigimos justicia, respeto, condiciones laborales dignas y la libertad de enseñar sin miedo. Porque un país que maltrata y asfixia a sus docentes está, inevitablemente, hipotecando su propio porvenir.
Basta de persecución. Basta de precarización. Sin dignidad docente, no hay educación posible.