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Camino al Ciclo Básico Rural

Camino al Ciclo Básico Rural

(Anonimo)


El barro tiene una textura particular cuando amenaza con dejarte atrapado en medio del monte. No es solo tierra mojada; es una fuerza densa que se pega a las ruedas, que tira hacia abajo y que convierte unos pocos kilómetros en una travesía incierta.


 

Ser suplente en los ciclos básicos rurales es aprender una docencia que no se enseña en ningún instituto ni se lee en los libros de pedagogía. Es entender que la jornada de trabajo no empieza dentro del aula, sino mucho antes, al mirar la forma de las nubes al amanecer, al sentir la pesadez de la humedad en el aire y al adivinar si el cielo aguantará hasta la hora de la salida.

Cuando el tiempo acompaña, el camino de tierra parece apacible, pero con las primeras gotas adquiere otra dimensión. Es ahí donde entra en juego la costumbre, ese conocimiento silencioso que se construye viaje a viaje. La memoria del cuerpo y de la vista se vuelve un mapa imprescindible: uno llega a conocer cada pozo, cada huella honda dejada por algún tractor, cada zanja traicionera donde la huella se afloja y se vuelve jabón. Sabés con precisión de qué lado encarar el tramo más bajo, dónde acelerar sin perder la tracción y en qué curva no hay que tocar el freno por nada del mundo.

Sin embargo, el verdadero desafío empieza cuando la lluvia sorprende antes de tiempo. En la escuela rural, ver caer el agua de golpe significa una sola cosa: tomar decisiones rápidas. No hay lugar para la duda. Hay que decidir en segundos si conviene juntar los bártulos e intentar salir de inmediato antes de que el barro “se arme”, o si es preferible esperar a que el agua corra, arriesgándote a quedar aislado por horas.

A veces, la urgencia apura el juicio. Apurás la marcha, encarás el camino pensando que la huella de la derecha está firme, y a los cien metros sentís el tirón de la moto hundiéndose hasta los ejes. Es en ese instante de silencio —con el motor parado y el repicar seco de las gotas sobre el techo— donde te das cuenta de que la decisión no fue la acertada. Te encontrás ahí, en medio de la nada, con los zapatos cubiertos de barro pesada, sabiendo que no hay auxilio cerca y que la única opción es renegar, empujar o simplemente esperar a que pase algún vecino a caballo o en camioneta para darte una mano.


Es una realidad durísima de la docencia rural de la que casi no se habla, pero que cala muy profundo:

el peso del juzgamiento de los pares.


Cuando sos nueva o recién te incorporas a una suplencia rural, no solo tenés que lidiar con la incertidumbre del camino, la amenaza constante de la lluvia y el barro que se traga las ruedas; también tenés que cargar con la mirada inquisidora de quienes ya llevan años en el lugar. Para muchos de los “baquianos”, aquellos que conocen el terreno de memoria o que quizás ya no miden los riesgos con la misma prudencia, pedir un permiso, sacar un Artículo 21 o decidir no arriesgar la salida se interpreta erróneamente como falta de vocación, debilidad o el famoso «esta no se quiere mojar».

Hay un abismo entre la temeridad y la responsabilidad. Quien juzga desde la comodidad de la costumbre suele olvidar que, detrás del guardapolvo y del rol docente, hay una vida familiar. Mientras los colegas murmuran o condenan la decisión de resguardarse, en casa hay hijos y una familia que esperan que vuelvas sana. Un cargo, una suplencia o una hora de clase se reemplazan de inmediato en cualquier asamblea o acto público; una madre o un padre, no.

Esa presión entre demostrar que estás “a la altura” del terreno y cuidar tu propia integridad física crea una tensión enorme. Tomar la decisión de priorizar la seguridad frente a la tormenta exige incluso más valentía que aventurarse a ciegas por un camino tapado de agua, porque implica hacerle frente no solo a la naturaleza, sino también al prejuicio.